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martes, marzo 31, 2015

Liberia 1927, el fraude electoral que mereció un Récord Guinness

Charles D.B. King
Una de las grandes preocupaciones en cualquier tipo de elecciones democráticas son los posibles fraudes que se puedan producir durante la celebración de las mismas. Las ansias de poder de los diferentes partidos o personas implicadas en los comicios les llevan a intentar hacer todo tipo de marrullerías y trampas para conseguir ganar a los rivales. En los países civilizados, el respeto a las reglas de juego y unos potentes sistemas de control hacen que, aparte de meteduras de pata varias, los fraudes queden reducidos a su mínima expresión. Sin embargo, hay países donde el juego democrático simplemente es eso, un juego, y los "pucherazos", más que una anécdota, son el pan nuestro de cada día. Con todo, pucherazos los hay de todos los niveles, desde los más sibilinos a los más descarados y desfachatados, aunque hubo uno que fue tan flagrante y desvergonzado que mereció salir en el Libro Guinness de los Récords como las elecciones más fraudulentas que se han documentado nunca.

Mapa de Liberia
Liberia, en la actualidad es conocida del mundo entero por sus guerras civiles, sus matanzas y sus epidemias de ébola y ello, que pudiera parecer una exageración, simplemente es una pequeña muestra de la convulsa historia de este país costero africano. Una historia que comienza en 1820 cuando la Sociedad Americana de Colonización decide montar una colonia en África donde enviar a los negros liberados de la esclavitud en Estados Unidos, convencidos de que, como eran negros, vivirían mejor en medio de la selva que en un lugar civilizado...por blancos. Hasta qué punto los retornaban a África por bonhomía o por simple racismo es un asunto que, aún hoy, da para muchos debates, pero la cuestión es que en 1847 se fundó la república de Liberia (Tierra Libre) y su capital fue Monrovia (de James Monroe, 5º presidente de los EE.UU.). Los problemas no tardaron en llegar.

Dibujo del senado de Liberia (1856)
Para los estadounidenses (blancos), negro era igual a africano y por tanto su hábitat natural era África. Pero claro, se ha de contar que no todo el mundo había nacido en África (hacía 200 años que se importaban esclavos negros a América) y que, encima, había de todo el continente, resultando que, al final, el único nexo de unión entre todos ellos era ser "americanos". ¡Ah! Y por si fuera poco follón, en aquella tierra...¡ya había indígenas negros! los cuales tenían menos peso específico que los negros en Estados Unidos -que ya era decir- dado que los americano-liberianos habían copado todas las parcelas de poder con su partido de derecha liberal el True Whig Party.

Barco cargado con "repatriados"
De esta forma, los americano-liberianos se aposentaron (por no decir soldaron) en la poltrona del poder durante más de 100 años, en que hicieron lo que absolutamente les dio la gana, eliminando la oposición, con todas las corruptelas habidas y por haber, y dejando el país prácticamente en la bancarrota y en manos de la Firestone.

En esta situación, en 1927, el presidente Charles Dunbar Burgess King, el cual llevaba desde 1920 en el poder representando al True Whig Party (qué raro), se presentó a unas nuevas elecciones. En esta ocasión, el oponente sería Thomas J.R. Faulkner, representando al Partido Popular (no es coña, People's Party, en inglés) el cual, escindido del True Whig Party, pretendía oponerse a las tendencias dictadoras de King y parecía que podía ser un oponente de cierta entidad. Pero si algo tenía claro King era que iba a ganar las elecciones, sí o sí. Y sabía como hacerlo.

Fotografía antigua de Liberia
Ya en 1923, King se había enfrentado a otro candidato del Partido Popular y había ganado por 40.000 votos contra 7.000, un pucherazo en toda regla, ya que superaba de largo los aproximadamente 10.000 votantes registrados. Sin embargo, esta desviación del voto quedaría en una mera anécdota sin importancia respecto las votaciones de cuatro años después, en que la manipulación de las elecciones alcanzaría la categoría de Récord Guinness.

Para empezar, era costumbre entre los candidatos del True Whig Party el no estar más que dos legislaturas, pero a King el ejercicio del poder durante 8 años le sabía a poco y, saltándose todos los reglamentos de su partido a la torera, se presentó a un tercer mandato en 1927. Tanta era su "capacidad de convicción" que el partido aceptó sin oposición la voluntad de King.

Espabilado el chaval
Llegado el día de las elecciones, Charles D.B. King ganó sin bajar del autobús por unos incontestables 235.000 votos contra 9.000 de su opositor Faulkner, aunque claro... el sutil detalle de que eran tan solo 15.000 personas las que tenían el derecho a voto en todo el país lo dejaban un poco mal. Faulkner denunció el fraude por activa y por pasiva, y puso en un brete a los jueces del partido Whig que estaban en el gobierno, los cuales tenían que dar las elecciones por buenas o por malas. Y es que, por ejemplo, en el condado de Bassa, había 3.000 votantes legales pero se habían inscrito 32.000 nombres, los cuales emitieron nada menos que 72.000 votos. Pero no era todo, ya que se habían imprimido más de 250.000 papeletas del ganador (40 veces el número de votantes y casi igual que toda la población del país) y se habían repartido por las calles en paquetes.

El séquito de King en 1927
Con todo, el asunto acabó con un juez multado con 150 dólares, un sheriff con 50 y las papeletas fraudulentas quemadas. Absolutamente nada más. King fue investido presidente y aquí paz y allí gloria. ¡Ole tú y la democracia!

King acabó en la poltrona, pero sus trampas no le salieron gratis, ya que la oposición, un par de años después destapó que el presidente (negro como el azabache) tenía grupos de esclavos (igual de negros que él) a los cuales tenía haciendo trabajos forzados y que incluso los vendía a la colonia española de Guinea Ecuatorial (en aquel entonces Fernando Poo), lo que llevó a la caída en desgracia del espabilado presidente y a su destitución en 1930.

Democracia es libertad en cualquier lugar
Tal vez pudieramos pensar que esto ocurrió en Liberia por ser una "república bananera", pero la verdad es que ejemplos de corrupción electoral (de la política mejor ni hablar) en cualquier país civilizado se han dado en uno u otro momento de la historia. Esta situación demuestra que, la Democracia, pese a sus imperfecciones y la corrupción de muchos políticos, es un derecho que ningún ser humano y por ninguna circunstancia tendría que prescindir.

Y es que democracia, guste o no, es, simplemente, libertad.

Un fraude que mereció un Record Guinness


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viernes, marzo 27, 2015

El Duque de Lerma, la capital de España y su descarado pelotazo inmobiliario

El 1er Duque de Lerma
Si hay algo que conocemos bien en L'Hospitalet de Llobregat es la especulación urbanística desbocada y descarada. Desde la construcción de Bellvitge a mediados de siglo XX, pasando por el polígono Gornal, hasta los actuales pelotazos de La Remonta y los futuros megapelotazos de Can Trabal y Carretera del Medio, en Hospitalet hemos visto cómo, a pesar de la oposición vecinal, se construía hasta el último palmo de suelo con la connivencia total y absoluta de los alcaldes de la ciudad, más pendientes de servir al poderoso Don Dinero que a las necesidades reales de la población. Este ejemplo de especulación urbanística galopante que se ha repetido hasta la saciedad en toda la geografía española, no es un asunto nuevo y, bien al contrario, más bien parece que esté impreso a fuego en el acerbo de nuestros apoltronados gobernantes desde hace siglos. Tal fue el caso de Francisco de Sandoval y Rojas, primer Duque de Lerma y valido del rey Felipe III, el cual fue un auténtico maestro en la chanchullería y los pelotazos inmobiliarios, hasta el punto que llegó a cambiar la capital de España de ciudad con tal de llenarse los bolsillos. Ahí es nada.

El rey Felipe III de España
Felipe III, si algo tenía, era que mientras tuviera pintura, teatro y pudiera cazar, le traían al pairo los asuntos de estado, cosa de la cual se lamentaba su propio padre, Felipe II. Así que, en 1599, en vez de ponerse delante de la administración, dejó que su ministro favorito y hombre de confianza, el Duque de Lerma, se encargara de esos pequeños detalles mundanos que tanto molestaban al díscolo monarca. No hace falta decir que el duque no hizo ascos a ser el auténtico rey de España a la sombra: su bolsillo lo iba a agradecer mucho más.

Felipe II no se fiaba de su hijo
Y efectivamente, tal como empezó, lo primero que hizo es empezar a enchufar a amigos, familiares y acólitos formando una densa y oscura red clientelar que le asegurase al de Lerma el control de todos los resortes de la Corona. Habida cuenta que el rey lo tenia en un altar y comía en su mano, era cuestión de tiempo que empezase a hacer de las suyas. Así que, en 1601, convenció a Felipe III del traslado de la corte de Madrid a Valladolid aunque, claro, se ahorró el sutil detalle de que seis meses antes había comprado a precio de limosna toda una serie de terrenos y fincas en la capital pucelana.

Palacio Real de Valladolid
La jugada fue maestra. Aquellos terrenos por los que se había gastado cuatro ochavos, con la decisión de traer la capital de España a Valladolid, subieron como la espuma, y al avispado Duque de Lerma le faltó tiempo para venderlos, llenando sus arcas personales de forma increíble. Y es que el valido no dudó en vender algunos de sus terrenos, tales como el Huerto de la Ribera o la casa del marqués de Camarasa, a la mismísima Corona por el "módico" precio de 30 millones de maravedíes y 55 millones respectivamente. Negociazo redondo, y más si tenemos en cuenta que la casa del marqués le costó la desorbitante cifra de... ¡80.000 maravedíes! Pero no se apure, aún hay más.

Durante su estancia en Valladolid, Madrid se había devaluado fuertemente debido, justamente, a que la Corte se había desplazado a aquella ciudad y la actividad real, administrativa y comercial de Madrid había casi desaparecido. Conocida esta circunstancia -que había sido propiciada por él mismo-, el valido aprovechó entonces para invertir parte de la gran fortuna obtenida con el pelotazo vallisoletano en terrenos, palacios y fincas madrileñas a precio de ganga. ¿Cómo hacer rentable aquella inversión? Sencillo: devolviendo la Corte a Madrid.

Palacio del Duque de Lerma, en Lerma
En 1606, tras comerle la oreja a Felipe III convenientemente, la Corte volvía de nuevo a Madrid, recobrando de nuevo su importancia -y cotización- imperial. El Duque de Lerma, con más cara que espalda, encima, había negociado que el Concejo (el ayuntamiento, vamos) pagase 250.000 ducados (unos 87 millones de maravedíes) para "asegurar" la vuelta de la comitiva real a la ciudad, de los cuales un tercio sería para el duque y el resto para la Corona. Si algo no se puede negar es que los tenía más grandes que el caballo de Espartero.

Palacio de los Consejos
El ambicioso valido, de esta forma, se llenó los bolsillos de forma brutal a costa de las idas y venidas de la Corte, hasta el punto que entre otros palacetes y edificios ducales, se construyó en Madrid un palacio, el Palacio de los Consejos (actual sede de la Capitanía General del Ejército) que superaba en dimensiones al mismísimo Real Alcázar de Madrid, palacio real del momento. La corrupción y el nepotismo campaban con total descaro de la mano del de Lerma y desangraban económicamente a una Corona que ya estaba en capa caída desde finales del reinado de Felipe II, llegando ésta a la suspensión de pagos en 1607. Sin embargo, a todo cerdo le llega su San Martín.

El hecho de tener una fortuna personal con la cual se podría haber construido cinco monasterios del Escorial no evitó al Duque de Lerma que criara dentro de la propia Corte enemigos como quien cría champiñones. Uno de estos enemigos fue la propia mujer de Felipe III, la reina Margarita, la cual, junto con el hijo del propio Duque de Lerma -que ansiaba la fortuna de su padre- y otros nobles afectados por las marrullerías del duque, acabaron por destapar todo el entramado mafioso y corrupto del valido del rey.

La reina Margarita de Austria
En 1621, el segundo de a bordo del valido, Rodrigo Calderón de Aranda, fue ejecutado en la Plaza Mayor de Madrid, y el propio Duque de Lerma, para no seguir los pasos de su subalterno, se retiró de la vida pública -aconsejado por el propio Felipe III, el cual mantuvo la confianza en él hasta el último momento- viéndose obligado a meterse a cardenal para, así, eludir la justicia. Francisco de Sandoval y Rojas, primer Duque de Lerma, acabó muriendo aislado y con su fortuna expropiada en Valladolid en 1625.

Si buscamos la moraleja de la historia, podremos concluir que por muy bien que los corruptos y delincuentes hagan las cosas, aunque hayan excepciones (ver El robo mejor castigado), siempre acaban por caer en manos de la Justicia. No obstante, si nos fijamos, veremos que, en este país, las tramas oscuras y mafiosas ejercidas por el poder, en realidad quien las destapa no acostumbra a ser la justicia, sino gente del ámbito de los corruptos, la cual, despechada por algún desaire, decide tirar de la manta. Triste país este en que, desde hace siglos, la envidia y el rencor imparte más justicia que la misma justicia.

Para reflexionar.

El Duque de Lerma y su descarado pelotazo inmobiliario

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sábado, marzo 21, 2015

Seis meses francesa y seis meses española: La Isla de los Faisanes

La Isla de los Faisanes
Las fronteras, como invento político del hombre que son, tienen una lógica que atiende a los intereses de las administraciones que las mantienen, aunque no parezcan tener mucho sentido. En esta tesitura, normalmente se utilizan los elementos geográficos como elementos divisorios ya que suelen tener cierta estabilidad, tales como las vertientes de las montañas o los cauces de los ríos, sin embargo, no siempre es así (ver Los quebraderos de cabeza de EE.UU. y México por un caprichoso Río Bravo). En la frontera entre España y Francia, en Euskadi, la frontera la marca el río Bidasoa, pero, cerca de su desembocadura, existe una isla que tiene la peculiaridad de que durante seis meses es francesa y durante otros seis es española. Es la llamada "Isla de los Faisanes".

Mapa de ubicación
La isla de los Faisanes (île de la Conférence, en francés, y Konpantzia en vasco) es un pequeño islote de poco más de 6.000 m2 formado por los sedimentos depositados por el río Bidasoa en su curso bajo, en el cual la acción conjunta de las mareas y el régimen fluvial producen bajíos y depósitos de arenas y gravas. Este régimen irregular, ha producido la aparición y desaparición de islas e islotes en medio del cauce de este río vasco, siendo un continuo foco de conflictos entre los dos países, pero que, sin embargo, eran utilizadas por las comunidades de ambas riberas como tierra de nadie para solventar sus disputas.

En marea baja casi desaparece
El hecho de llamarse "de los faisanes" no vendría del famoso pájaro, sino que según Veyrin, vendría de una confusión del francés "faire"(hacer), en que los "faisants" se diría de los negociadores que hacían sus tratos en aquella isla desde tiempos inmemoriales. Dicha costumbre se mantendría desde la Edad Media, haciendo de esta característica el principal detalle que ha quedado para la posteridad, con ejemplos tan notables como la firma del Tratado de los Pirineos en 1659.

Foto de principios del S. XX
Sin embargo, desde el siglo XVII, la isla de los Faisanes fue perdiendo protagonismo paulatinamente, llegando a perder gran parte de su extensión debido a la erosión propia del río. No fue hasta el 1856 en que los dos gobiernos llegaron al acuerdo de compartir la custodia de dicho territorio, con la curiosidad de que iba a cambiar de manos cada seis meses, y durante este período cada país se iba a encargar de su mantenimiento, en razón de su importancia histórica. A partir de dicha fecha, se hicieron obras de cara a estabilizar la isla a base de empalizar las orillas, y en 1861 se erigió un monolito que conmemora la firma del Tratado de los Pirineos.

Traspaso de poderes 1/2/2012
Sea como sea, parece que la actual isla de los Faisanes no correspondería a la que históricamente se reseña en los documentos más antiguos, debido a las continuas variaciones naturales del cauce y de las marrullerías galas al unir dichas islas con tierra firme para ganar terrenos a los españoles, pero a pesar de ello, no se ha evitado que nuestra isla sea considerada, hasta la actualidad, como el condominio amistoso más pequeño del mundo.


El condominio de la isla de los Faisanes
Art. Rev. 6/02/11 23.59 102v

viernes, marzo 13, 2015

Gran Niebla de 1952. Cuando la muerte se disfrazó de bruma

La Gran Niebla de 1952
Durante el invierno, tantas horas de mal tiempo, frío y oscuridad nos hace desear que vengan los plácidos día de la primavera y el verano. Es por esta necesidad de luz y calor que, durante los escasos días de buen tiempo que se escapan como por casualidad en mitad del frío, quien más quien menos se convierte en un auténtico panel solar viviente y buscamos el escaso calorcito que nos dan esos misérrimos rayos de sol que llegan a nuestra piel. La imagen parece idílica -y tal vez lo sea-, pero esos días calmos en que el viento se para pueden llegar a ser una auténtica pesadilla para la vida humana, sobre todo, en nuestras atiborradas ciudades. Y si no, que se lo cuenten a los londinenses, cuando, durante cuatro tranquilos días de invierno, un anticiclón fue capaz de llevarse por delante a más de 12.000 personas. Se trataba de la Gran Niebla de 1952.

Típica inversión térmica
Pocas cosas hay más bonitas que un día soleado y tranquilo de invierno, sin embargo, esto mismo es un auténtico suplicio para las grandes conurbaciones metropolitanas, ya que la gran cantidad de contaminantes que se desprenden -sobre todo del tránsito rodado- no pueden circular y se mantienen justo en el sitio donde se han producido. Esto provoca que, en una situación anticiclónica y de calma chicha, las ciudades no puedan endosar al resto del territorio la mierda que producen, quedándose en la propia ciudad y convirtiendo el aire en un auténtico potaje sucio e irrespirable. Esto ocurre hoy en día, cuando se supone (que es mucho suponer) que existen leyes restrictivas sobre las emisiones de gases contaminantes, pero imagínese lo que pudo llegar a ser en un Londres de más de 8 millones de almas sin ninguna restricción y que, encima, hacía servir masivamente el carbón como combustible. Simplemente el caos.

Isobaras el 5 de diciembre de 1952
El día 5 de diciembre de 1952 se levantó soleado y claro en Londres como efecto de un anticiclón que, centrado en el Canal de la Mancha, insuflaba aire proveniente del interior de Francia y del Golfo de Vizcaya. Este aire, debido a su trayecto marítimo, venía muy cargado de humedad, por lo que, bajando por el valle del Támesis, una niebla espesa se precipitó sobre la capital inglesa al contacto con los primeros rayos de sol. Al principio no dejaba de ser una más de tantas nieblas que han hecho famosa Londres (ver El caso de las polillas que se adaptaron a la polución humana), pero al ser invierno, esta bruma hizo descender mucho la temperatura y la gente, como es lógico, metió candela a las estufas. Craso error.

Central de Battlesea, entonces a carbón
Siete años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, los efectos aún se hacían sentir en la economía británica. La gente consumía carbón de baja calidad, más barato, debido a que el carbón de alta calidad producido por las minas galesas y por el que se pagaba más, se destinaba prácticamente todo a exportación. Este carbón, con mayor proporción de impurezas, generaba muchos más residuos sulfurosos y hollines, por lo que el grado de contaminación era mucho mayor. Hacía frío y, por tanto, había que calentarse, pero no solo eso, las centrales eléctricas cercanas a Londres que funcionaban también con carbón y el tráfico de automóviles también se unieron a la fiesta.

La visibilidad era casi nula
De esta forma, todos los contaminantes emitidos se sumaron a las gotas de la niebla, niebla que no podía desvanecerse porque el anticiclón generaba una calma total y una inversión térmica que impedía cualquier renovación de aire, formando una capa espesa de entre 100 y 200 metros de altura que impedía ver más allá de 500 metros. Y empezaron los problemas serios.

El sol del día 5 no pudo romper la potente niebla que se había formado por la mañana, por lo que bajo de aquella capa se formó un clima gélido fruto de la nula insolación solar que llegaba al suelo. Ello, a su vez, hizo que la gente metiera más potencia a sus calefacciones y tuviera más demanda de energía eléctrica -todo ello producido a base de la combustión del carbón- generando más residuos que se iban acumulando a ras de suelo debido a la inmovilización de las capas de aire, transformando el aire en lo que los londinenses llaman "sopa de guisantes", más conocido internacionalmente como smog (término mezcla de smoke (humo) y fog (niebla)).

Picadilly Circus a mediodía
El respirar esta mezcla letal era prácticamente imposible, y los hospitales se empezaron a llenar de afectados por dolencias respiratorias. En el exterior, en las partes más cercanas al río, la visibilidad se había ido haciendo progresivamente más difícil; primero 500 metros, después 100, hasta llegar al punto de ser prácticamente nula. La gente comentaba que no se llegaba a ver los pies, los conductores no veían ni el coche de delante estando en cola y hasta incluso se tuvieron que suspender todas las actividades al aire libre porque era como estar en plena noche, entierros incluidos. Evidentemente, el aeropuerto de Heathrow tuvo que ser cerrado porque no se veía ni la pista.

El ambiente era irrespirable
Los muertos empezaron a contarse por cientos y según comentaban los equipos de emergencia en los hospitales, los pacientes llegaban con los pulmones llenos de pus y con los labios amoratados, síntoma evidente de asfixia. Pero no solo humanos se vieron afectados, sino que se dio el caso de que el ganado del mercado de Smithfield (al noroeste de Londres) moría fruto de la contaminación comprobándose que tenía sus pulmones absolutamente negros. La niebla venenosa se metía incluso en el interior de las casas y llegaba a ensuciar la ropa interior. Un auténtico desastre.

La situación duró hasta el día 9 de diciembre en que una leve brisa desvaneció la niebla mortal, haciéndola desaparecer tan rápido como se había formado. 

Las muertes se dispararon
Se considera que hubieron más de 5.000 muertos fruto directo de la niebla tóxica y decenas de miles sufrieron problemas respiratorios de mayor o menor consideración debido a la increíble carga venenosa de aquello que alguna vez había sido aire. Y es que no era para menos.

Los científicos determinaron que durante aquellos cuatro días de diciembre se lanzaron a la atmósfera 1.000 toneladas de partículas de hollín, 2.000 toneladas de dióxido de carbono, 140 toneladas de ácido clorhídrico, 14 toneladas de compuestos fluorados, y lo que fue peor, 370 toneladas de dióxido de azufre que, en contacto con el agua de la niebla, se convirtieron en 800 toneladas de ácido sulfúrico, quedando todos ellos estancados en las primeras capas de aire del cielo londinense.

El smog invadía todo
Después de este incidente, en que se vio de primera mano el problema real de la contaminación atmosférica, las autoridades decidieron prohibir la utilización del carbón para consumo doméstico, entrando en vigor diversas leyes (City of London Act de 1954, Clean Air Acts de 1956 y 1968) encaradas a evitar este tipo de desaguisados. Con todo, los fenómenos se repitieron en años posteriores, pero jamás volvieron a ser de la intensidad y mortalidad de aquel negro episodio, marcando un antes y un después en la concienciación medioambiental de la opinión pública mundial.

La próxima vez que vea que hay restricciones de velocidad por la contaminación, tómeselas en serio. Usted mismo puede llegar a saber lo que es morir asfixiado y entre terribles sufrimientos.

...y no es un consejo de Mariscos Recio.

Gran Niebla de 1952. Cuando la muerte se disfrazó de bruma

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lunes, marzo 09, 2015

El sentido (y útil) entierro de la mosca de Virgilio

Requiescat In Pace
En la inmensa soledad de la cínica sociedad de hoy en día, el tener una mascota significa convivir con un ser que, la mayoría de las veces, es más querido por nosotros que las personas que nos rodean. Este hecho que, dada la misérrima calidad moral de nuestro entorno, no ha de extrañar a nadie, implica que a la muerte de este compañero -forzoso o voluntario ya queda al gusto- sus amos no duden en dedicarles unos entierros que muchas personas no pueden ni llegar a soñar. Ataúdes, incineraciones o simplemente un agujero en el jardín de casa acostumbran a ser la última morada de perros, gatos, canarios y todo tipo de fauna adlátere de los humanos, aunque no falta quien, demostrando un gran amor por sus animales y un bolsillo de poderío excepcional, decide enterrarlos en cementerios especiales o incluso dedicarles cenotafios. Tal fue el caso del poeta Virgilio, el cual, a la muerte de su mascota, tras unas exequias despampanantes, la enterró en un mausoleo construido expresamente para ella. Sólo había un inconveniente: era una mosca.

Se quieren más que a las personas
Antes, cuando hablábamos de animales domésticos, nos solíamos referir a los típicos canarios, periquitos, perros, gatos, loros o tortugas, aunque últimamente, con la proliferación de tantas especies de importación que están convirtiendo nuestros ecosistemas en una convención de la ONU faunística, la denominación "doméstica" ha pasado a admitir desde cerdos a arañas, pasando por boas constrictor y pulpos. Sea como sea, el tener una mosca como animal de compañía, por más que durante el verano te acompañen hasta el hastío, resulta extraño hasta para hoy en día. No obstante, según parece, el poeta romano Virgilio -más conocido por ser el autor de la Eneida- tenía una mosca por mascota (ver Cave Canem o la historia de un galgo muy señoritingo) y cuando le llegó el fatal momento al bicho, se sintió tan compungido por su pérdida que le dedicó un funeral por todo lo alto.

¿Una mosca como mascota?
Publio Virgilio Marón (Virgilio para los amigos hispanohablantes), poeta romano que vivió entre el año 70 a.C. y el 19 a.C., tenía una mansión en la colina Esquilina -una de las siete colinas de Roma-, y al morir su mosca, decidió erigir en sus terrenos un mausoleo donde reposarían los restos del infortunado díptero. Para ello, el poeta organizó un funeral en que más que una mosca, parecía que se enterraba un emperador.

Virgilio, inteligencia extravagante
Sacerdotes, plañideras, una banda de música de 50 personas, invitados de todo rango y condición... fueron todos parte de la comitiva fúnebre que llevaría la pequeña difunta hasta su hogar de descanso eterno. Incluso el político Cayo Mecenas -protector de Virgilio, y del cual se toma el nombre de "mecenas"- hizo un largo y emocionado elogio de la traspasada mosca. Se cuenta que en sus exequias se sirvieron los mejores manjares, corrieron los mejores vinos y que el monto total del sepelio se elevó a la nada despreciable cifra de 800.000 sestercios (moneda romana que tenía en aquella época unos 0'97 gm de plata), o lo que es lo mismo, más de 325.000 euros con la cotización de la plata de hoy en día. Nada lo del ojo y lo tenía en la mano.

Monte Esquilino en Roma
Obvia decir que el revuelo que se formó cuando la gente se enteró del despilfarro por el funeral de una simple mosca fue tremendo, pero lo que no sabían era que, más allá de honrar la figura de su inestimable (ejem) mascota doméstica, Virgilio, con aquel entierro había hecho una auténtica jugada de maestro como tan solo el talento agraciado del gran poeta latino podía llegar a concebir.

Mandaba por aquel entonces en Roma el segundo triunvirato, formado por Octavio Augusto, Marco Emilio Lépido y Marco Antonio, y una de las reformas que pretendían llevar a cabo era expropiar a los ricos terratenientes para ofrecérselas a los soldados veteranos que se jubilaban de su batallar por esas tierras de Dios. Sin embargo, había una excepción a la regla: todos los terrenos que tuvieran consideración de sagrados por tener en sus tierras tumbas o monumentos funerarios escaparían de la expropiación.

Segundo Triunvirato Romano
Virgilio, enterado de las intenciones del triunvirato gracias a filtraciones de sus contactos, preparó el paripé del entierro de la mosca antes de que entrase en vigor la ley de expropiación de los terrenos de los terratenientes. De esta forma, cuando vino a aplicarse la expropiación, sus terrenos, al acoger el mausoleo de la mosca, se habían convertido en sagrados, quedando al margen de los territorios que tenían que ser requisados para la soldadesca retirada y salvando, de esta peculiar forma, sus posesiones de la larga mano de la administración romana. Administración, por otro lado, que no puso ninguna objeción ante el hecho de que era la tumba de una vulgar mosca.

Mosaico representando a Virgilio
Aparte de la curiosidad de la historia y la inteligencia con un punto de sorna demostrada por Virgilio, la realidad es que esta anécdota parece que es una mera leyenda atribuida de forma apócrifa al poeta romano desde hace siglos, posiblemente como deformación de uno de sus poemas, "Culex" (el mosquito). Sea como sea, y viendo la tendencia a hacer domésticos hasta los escorpiones, no es de extrañar que de aquí a un tiempo las "celebrities" entierren con toda pompa y boato hasta sus propias liendres.

El problema es que no lo harán por inteligencia, sino por pura y estrambótica estulticia.

El sentido (y útil) entierro de la mosca de Virgilio
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martes, marzo 03, 2015

La pillería de Colón que hizo que Rodrigo de Triana se volviera musulmán

Rodrigo de Triana
La visión de la Historia que tenemos está plagada de grandes nombres a los cuales se otorgan sistemáticamente las medallas de las grandes hazañas y descubrimientos, olvidándose la mayoría de las veces que sin el trabajo de personas anónimas dichas proezas no serían más que una utopía irrealizable. En el caso del descubrimiento de América la cosa no iba a ser diferente y si bien ha quedado en el candelero que Colón fue el eminente descubridor, poco se cuenta que tal era el afán de medallas del famoso navegante, que no dudó en escaquearle el suculento premio que le correspondía a Rodrigo de Triana por ser el primero en avistar tierra para endosárselo a... sí mismo. Espabilado que era el Almirante, mira, y puta gracia que le hizo al vigía, claro.

Réplica de La Pinta
Conocido es por el relato del diario de Cristóbal Colón que el vigía de La Pinta, un tal Rodrigo de Triana, pasando dos horas de la medianoche del día 12 de octubre de 1492, gritó ¡Tierra! al ver una fogata en el horizonte, prueba evidente de que habían llegado, finalmente, a su objetivo. De esta forma, el vigía se convertía en el primero en divisar el Nuevo Mundo y en llevarse los 10.000 maravedíes que habían prometido los Reyes Católicos. Sin embargo el pillastre Colón no estaba dispuesto a perderse tan suculento premio porque a un marinerillo desconocido le hubiera entrado arenilla en el ojo.

Al volver a España, Rodrigo de Triana esperaba su recompensa conforme lo pactado, pero Colón salió por peteneras y adujo que había sido él mismo el que había visto tierra cuatro horas antes que el vigía. Es fácil suponer que el marinero se quedó de pasta de boniato cuando se enteró.

Cristóbal Colón
Según cuenta, a las 10 de la noche del 11 de octubre, desde el castillo de popa de la Santa María, Colón vio en el horizonte una lucecita que subía y bajaba. Ante tal descubrimiento, y no pudiendo asegurar que era tierra, llamó a un par de tripulantes uno de los cuales vio la lucecilla y otro no, cosa que atribuyó a que desde su posición no la podía ver. El almirante, convencido de que estaban cerca de tierra, prometió a los marinos un jubón de seda (una especie de jersey medieval) para el primero que divisara tierra. Lo gracioso es que se calló oportunamente lo de los 10.000 maravedíes, ya que, como había sido él el que la había "visto" primero, el premio -llegado el caso- le tocaría a él. Llamadlo tonto.

Primer viaje de Colón
La verdad es que es harto improbable que Colón llegase a ver nada. De primeras, debido a la posición del mismo Colón, ya que desde la parte de atrás de la Santa María es imposible tener un punto de vista mejor del horizonte que desde el puesto de vigía de La Pinta, que iba delante. Por otra parte, ver un pequeño fuego cuatro horas de navegación antes que un vigía profesional en mejor posición y loco por ver cualquier pequeño atisbo de tierra, no es cuestión de tener buena vista sino directamente tener trasplantado un ojo de halcón (ver El misil viviente llamado Halcón Peregrino) y eso, evidentemente, no ocurría. La realidad era bien diferente.

Moneda de 4 maravedíes
Después de más de 30 días sin ver tierra, Colón y los hermanos Pinzón se vieron obligados a sofocar un intento de motín, ya que los alimentos se estaban pudriendo y no se veía tierra, por más que los sargazos (ver El mar situado entre mito y el miedo) les diesen la falsa señal de que ésta estaba cerca. Para calmarlos, les prometieron que estarían tres días más y si no, se volverían. En esta circunstancia, cualquier pequeña señal era aprovechada por Colón para estirar la nula confianza que tenía la tripulación en él y así, como zanahoria delante de un burro, conseguir que fueran un poco más allá. Tanto daba que fuera real o inventada si le permitía seguir adelante. El fuego divisado por Colón sin duda atendía a esta necesidad, pero la casualidad hizo que al "poco" tiempo Rodrigo de Triana viera fuego real y le pusiera en bandeja de plata el autoadjudicarse los 10.000 maravedíes (el equivalente a algo más de 1 kg de plata) con un "¿ves cómo lo había visto?".

Recepción de Colón por los reyes
Rodrigo de Triana, después de la primera travesía se frotó las manos por su premio, pero el avispado Cristóbal se lo birló y se quedó sin nada. Y tal cabreo cogió el vigía con la putada de Colón que, despechado, renegó del cristianismo, se volvió musulmán -se dice que era de familia morisca y por tanto volvería a la fe de sus ancestros- y algunas fuentes cuentan que se fue a Berbería a ejercer de pirata, posiblemente a la República pirata de Salé (cerca de Rabat, Marruecos).

Todo un claro ejemplo de que por mucho que se haga o por mucho que se diga, siempre saldrá alguien que lo hizo o lo dijo antes. Y si, encima, tiene la jeta de piedra berroqueña de Colón, te puedes quedar sin recompensa y con un palmo de narices.

Ya ni de los grandes descubridores se puede fiar uno.


Rodrigo de Triana. Del cabreo que pilló, se hizo musulmán

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